El proverbio que la gobernadora no debería ignorar

– Loera pide analizar el mensaje, pero el mensajero también tiene mucho que decir

– El proverbio que la gobernadora no debería ignorar

– El quinto año y la paranoia del poder: lo que se le viene a la burocracia estatal

– Jorge Romero llega a Chihuahua con “buenas noticias”, pero el terreno no está tan parejo como se anuncia

 

Rafael Loera, ex secretario de Desarrollo Humano y Bien Común, publicó un artículo donde toma como advertencia el caso de Jalisco 2012: la imposición de Antonio Guzmán como candidato panista pese al desgaste del gobierno de Emilio González, y cómo esa decisión terminó por entregarle la gubernatura a Enrique Alfaro. El texto abre con una petición clara: “analice primero el mensaje y no al mensajero.” Una frase que, de entrada, ya dice más de lo que aparenta.

Y es que el mensajero, en este caso, no es un personaje neutral. Loera dejó el gabinete estatal después de perder la confianza de la gobernadora María Eugenia Campos, salida que en su momento generó lecturas de una ruptura de fondo, no solo administrativa. Desde entonces se le ha visto activo en la construcción de un proyecto propio, sumando gente a su causa, y ha sido especialmente crítico con el método que Acción Nacional utilizará para definir a su candidato a la alcaldía de Chihuahua capital.

Con ese antecedente, el ejercicio histórico que hace Loera deja de ser solo un ejercicio académico. Recordar cómo el PAN de Jalisco pasó de partido dominante a tercera fuerza por insistir en la lealtad sobre la competitividad no es un dato aislado: es una advertencia dirigida a quienes hoy definen el método de selección en Chihuahua, hecha por alguien que ya no está en el círculo de decisión y que, según se dice, evalúa hasta dónde puede llegar por su cuenta.

El artículo, además, llega acompañado de un gesto de cortesía política: la referencia a que “cada quien se ponga el saco que quiera”, frase que Loera atribuye a la propia gobernadora. Un guiño que baja el tono de confrontación directa, pero que no cambia el fondo del mensaje: la historia de Jalisco se cuenta para que alguien, en el PAN chihuahuense, se la aplique.

Habrá que ver si en Acción Nacional el texto se lee como un análisis histórico bien documentado o como lo que también puede ser: la primera señal pública de que Rafael Loera ya no piensa quedarse callado frente a las decisiones que se tomen sobre la candidatura a la alcaldía.

Le preguntaron a María Eugenia Campos si confiaba en Rafael Loera y en César Jáuregui. Su respuesta fue clara: son muy pocas las personas en las que confía. La frase, dicha así, sin rodeos, parece cerrar el tema. Pero en la tradición de los proverbios árabes existe una advertencia que viene bien a la conversación: desconfía de aquel en quien más confías, porque es quien mejor puede traicionarte.

No es una idea nueva. La paremiología —el estudio de refranes y proverbios— ha documentado durante siglos esta misma inquietud en distintas culturas: quien está más cerca es quien mejor conoce las debilidades, los tiempos y los espacios para hacer daño, precisamente porque tuvo acceso a ellos. No es una advertencia contra la cercanía en sí, sino contra la cercanía sin control, la que se da por garantizada solo porque alguien ocupa la oficina de junto.

Y ahí es donde la respuesta de la gobernadora empieza a leerse distinto. Porque el nombre que estaba sobre la mesa no era cualquiera. A César Jáuregui se le reconoce, incluso entre priistas, como uno de los mejores operadores políticos que ha dado el PAN en los últimos veinte años. Es alguien con interlocución en toda la militancia panista, no solo en un grupo. Que la gobernadora coloque distancia pública frente a un perfil con ese peso no es un dato menor: es, en los hechos, una confrontación abierta con parte de la base que construyó al propio partido.

Ahí aparece el verdadero riesgo del proverbio, pero en espejo: el problema no es solo desconfiar de quien está cerca, sino dejar de confiar en quien sostiene la estructura. Los panistas, se sabe bien, no son militancia que acepte imposiciones con facilidad; son, podría decirse, una militancia “Montessori”, acostumbrada a decidir por convicción propia y no por indicación desde arriba. Enfrentarse con uno de sus operadores más respetados no fortalece el control del proceso interno: lo tensa.

Más allá del round entre la gobernadora y Jáuregui, el fondo del asunto es otro: si Maru Campos está privilegiando el consejo de quienes tiene más cerca —los nuevos gurús del momento— por encima del pulso real de la militancia que en algún punto tendrá que salir a votar y a caminar el estado. El proverbio árabe advierte sobre la traición de los cercanos; la lectura política, en este caso, advierte sobre el costo de alejarse de las bases por hacerle caso solo a ellos.

Hay un fenómeno que la ciencia política ha documentado en gobiernos de seis años y que, entrando ya al tramo final de la administración de Maru Campos, empieza a sentirse en Palacio: el llamado síndrome del quinto año, esa etapa en la que el poder deja de mirar hacia adelante y empieza a mirar hacia los lados, calculando quién sigue siendo leal y quién ya cambió de bandera sin avisar.

El mecanismo es conocido. Cuando un gobierno entra a su penúltimo tramo, el gabinete y los operadores políticos dejan de ver al mandatario en turno como el centro real del poder, porque el poder empieza a desplazarse hacia quien viene. La lealtad se vuelve una moneda que ya no se apuesta al presente, sino al futuro inmediato. De ahí que no sea casualidad ver, en este tipo de etapas, círculos que se cierran, decisiones que se concentran en dos o tres personas de máxima confianza, y una obsesión por blindar la salida: fiscalías, nombramientos judiciales y presupuestos que se acomodan antes de perder el control del aparato de gobierno.

Es también la etapa de las purgas. Cuando el mandatario detecta —o simplemente sospecha— que alguien de su equipo empieza a construir agenda propia, la salida suele llegar envuelta en la palabra traición. Y es también la etapa en la que cualquier movimiento se lee en clave de sospecha: quien se promueve antes de tiempo es desleal; quien se repliega, es sospechoso de estar abandonando el barco.

Pero en Chihuahua ese fenómeno, ya de por sí desgastante para cualquier administración, tendría un ingrediente adicional si Cruz Pérez Cuéllar termina siendo el candidato de Morena a la gubernatura. Y es que el alcalde con licencia de Ciudad Juárez no es, precisamente, un outsider sin vínculos previos: es reconocido justamente por lo contrario, por tener puentes construidos con actores de prácticamente todos los partidos, incluido el propio panismo. Eso cambia el cálculo para cualquier burócrata estatal que hoy responde al gobierno de Maru Campos.

Porque una cosa es la lealtad de bandera —esa que se exige en los actos de campaña, donde salir a agitar el color del partido es, más que convicción, un pase de lista obligado para no perder el trabajo— y otra muy distinta es la lealtad real, la que se decide puertas adentro cuando alguien tiene que apostar en qué proyecto seguirá cobrando los próximos seis años. Si Cruz representa una opción viable y con puentes hacia el propio PAN, la paranoia del quinto año que ya de por sí acecha a cualquier gobierno saliente se multiplica: no se trataría solo de operadores buscando acomodo con el sucesor de su mismo partido, sino de una burocracia completa calculando si el color que le conviene ya no es necesariamente el que hoy gobierna.

Al final, el color de la nómina y el color de la convicción no siempre coinciden. Y en un quinto año donde la desconfianza ya es, de por sí, la principal herramienta de control interno, la pregunta que empieza a rondar Palacio no es solo quién sigue siendo leal, sino leal ¿a qué proyecto, exactamente?

Daniela Álvarez, presidenta estatal del PAN, confirmó su reunión con Jorge Romero, presidente nacional del blanquiazul, y adelantó que la visita del dirigente a Chihuahua vendrá acompañada de “buenas noticias” para el partido. El anuncio, en el papel, suena a buen momento: cercanía con la dirigencia nacional, coordinación entre niveles, mensaje de unidad. Pero el escenario que Jorge Romero se va a encontrar en Chihuahua no es, necesariamente, el escenario tranquilo que el comunicado sugiere.

Porque mientras en el discurso oficial se habla de buenas noticias, puertas adentro del panismo chihuahuense la conversación es otra: la de un grupo de aspirantes a la alcaldía de Chihuahua capital que ha dejado clara su molestia por la falta de reglas definidas. Carlos Olson, Jorge Soto, Alfredo Chávez, Rafael Loera y César Jáuregui han insistido, cada uno a su manera, en que no están dispuestos a aceptar un dedazo. Unos apelan a su historial de haber ganado elecciones; otros piden simplemente que el método se aclare de una vez; y otros van más allá y plantean que quien dirija las próximas candidaturas debe ser un panista de convicción, no un perfil ciudadano traído desde fuera, en referencia directa a la línea que el propio Jorge Romero ha promovido a nivel nacional.

Ese es, precisamente, el punto donde el terreno se vuelve resbaladizo para Daniela Álvarez. Porque no es lo mismo recibir a la dirigencia nacional con un método de selección ya acordado y aceptado por los aspirantes, que recibirlo en medio de un grupo que sigue esperando reglas claras y que, además, cuestiona abiertamente el modelo de candidaturas ciudadanas que se impulsa desde el Comité Ejecutivo Nacional.

Por eso, más allá del anuncio de buenas noticias, lo que se espera de aquí a la visita es que Daniela Álvarez llegue con el escenario bien planchado: con un método que, si no convence a todos, al menos les dé a los aspirantes algo concreto sobre qué discutir. Porque si Jorge Romero llega a Chihuahua y se encuentra con el mismo malestar que hoy circula entre los aspirantes, la visita corre el riesgo de convertirse en el peor momento para hablar de buenas noticias.

Habrá que ver si la dirigencia estatal logra bajarle la temperatura al tema antes de que llegue el presidente nacional, o si la reunión termina exhibiendo, más que la unidad que se busca proyectar, la tensión que ya lleva semanas acumulándose entre quienes hoy compiten por la candidatura panista a la alcaldía de la capital.