Felix Martínez llama carroñero a Santiago
Juan Blanco: bateador emergente
Rocio Gonzalez, santiaguista al CDE
Daniela se va por la puerta de atrás
Maru exhibe de más a Sheinbaum
El grupo de panistas que respalda a César Jáuregui ya le puso nombre y apellido a uno de sus reclamos contra Palacio. Félix Martínez llamó “carroñero y sin principios” a Santiago de la Peña, secretario general de Gobierno, por opinar sobre los tiempos y las decisiones internas del PAN, cuando ni siquiera pertenece a ese partido.
Martínez cuestionó que De la Peña se pronuncie sobre la definición de candidaturas en medio de la crisis que atraviesa Acción Nacional tras la detención de Jáuregui. Para el regidor, el funcionario no tiene nada que estar opinando sobre los procesos internos de un partido al que no pertenece.
En el mismo frente aparecieron Juan Blanco y Alejandro Villalobos, quienes acompañaron los reclamos del grupo que exige una postura más firme del panismo ante el caso del exfiscal. Sin embargo, Blanco optó por una vía más cordial y extendió una invitación a Santiago de la Peña, así como a diputados, regidores y funcionarios, para que acudieran a mostrar su respaldo.
La diferencia está en el fondo del reclamo de Blanco. Su preocupación, explicó, no se limita a César Jáuregui, sino que alcanza al propio Partido Acción Nacional, porque considera que el caso lastima a la militancia y obliga a las dirigencias a fijar una postura frente a las decisiones del Gobierno del Estado.
Así que, mientras Félix Martínez le reclama a Santiago que no se meta en la vida interna del PAN, Juan Blanco le abre la puerta para que demuestre con hechos qué tanto le preocupa la situación del partido. La invitación está hecha. Ahora falta ver quién acepta y quién prefiere mantenerse al margen.
La disputa entre los grupos de César Jáuregui y Santiago de la Peña podría abrirle una oportunidad a un perfil que hasta ahora no figuraba entre los principales aspirantes a la candidatura del PAN por la alcaldía de Chihuahua. Se trata de Juan Blanco, quien podría convertirse en una alternativa para reagrupar a los panistas que hoy están enfrentados.
El escenario no es descabellado. César Jáuregui ya está vinculado a proceso y, con esta resolución, se dificulta que encabece el proyecto político de su grupo. Si su situación jurídica le impide participar en la contienda interna, sus seguidores tendrían que valorar a quién respaldar. Y aunque algunos podrían pensar que los jaureguistas terminarían sumándose a otro de los perfiles que buscan la candidatura, la confrontación con Santiago de la Peña podría dificultar cualquier acuerdo.
Durante su trayectoria política, César Jáuregui se ha convertido en un punto de unión para un sector del panismo. Si ahora no puede encabezar el proyecto, todavía podría tener influencia para orientar a sus seguidores hacia otra opción. Ahí es donde aparece Juan Blanco, uno de los panistas con mayor experiencia política entre quienes podrían recoger ese respaldo.
Blanco ha ocupado cargos de responsabilidad y conoce el trabajo electoral. Fue el primer alcalde de Chihuahua elegido mediante una candidatura ciudadana, bajo las siglas del PAN, y tiene experiencia en campañas, una cualidad que podría pesar si la prioridad del partido termina siendo conservar la capital.
Desde luego, su trayectoria también tiene señalamientos. Los asuntos relacionados con el relleno sanitario y los arrendamientos forman parte de los antecedentes que podrían utilizarse en su contra. La pregunta es cuánto pesarían hoy esos episodios frente a los problemas que también arrastran otros aspirantes. En política, los antecedentes no desaparecen, pero tampoco todos los señalamientos tienen el mismo peso ante la militancia y los ciudadanos.
La cuestión es si Juan Blanco podría convertirse en el bateador emergente de los jaureguistas y, al mismo tiempo, en una opción capaz de reagrupar a las bases panistas que no están dispuestas a respaldar a Santiago de la Peña.
Si la dirigencia nacional del PAN advierte que la división interna amenaza con costarle la capital, tendría que valorar alternativas. Porque una cosa es impulsar a un perfil desde Palacio y otra muy distinta conseguir que los grupos del partido cierren filas detrás de él.
La posible llegada de Rocío González a la dirigencia estatal del PAN anticipa una etapa de confrontación. Aguerrida como es, si finalmente se oficializa su nombramiento, todo apunta a que será una presidenta de choque, al estilo de Daniela Álvarez, con un perfil contestatario y dispuesta a confrontar a sus adversarios políticos.
Hay otro asunto que merece atención. Si su llegada se oficializa antes de que el PAN defina a su candidato a la alcaldía de Chihuahua, ¿cómo podría garantizarse que actuará con ecuanimidad y velará por los intereses de todos los grupos del partido? Rocío González ha sido identificada desde hace tiempo por su presencia en eventos de Santiago de la Peña, algunos de los cuales incluso ha organizado.
Y ahí está el punto. Una dirigente estatal debe representar a todo el panismo, no solamente a un grupo o a un aspirante. Si Rocío llega en medio de la disputa interna por la candidatura a la alcaldía, tendrá que demostrar que puede conducir al partido sin inclinar la balanza en favor de Santiago.
Por otro lado, el arribo de Rocío González, con un perfil contestatario y confrontativo, supondría que Morena también tendría que elegir una dirigencia con esas mismas características para hacerle frente al PAN. Brighite Granados ha brillado por su ausencia y ayer Cuauhtémoc Estrada comentó que debe andar haciendo labores del partido en los municipios. Sin embargo, desde su llegada, Brighite no ha aportado una crítica firme al Gobierno del Estado. Como oposición, Morena necesita una dirigencia presente, crítica y más dura frente a las decisiones del gobierno panista, sobre todo si Rocío llega a la presidencia estatal del PAN.
Quizá una salida decorosa para Brighite Granados de la dirigencia estatal de Morena sería buscar otra posición política, aunque hasta ahora no se sabe cuál podría ser. Brighite se ha identificado desde hace tiempo con Andrea Chávez, mientras que Loera también forma parte de sus vínculos políticos y familiares. Una candidatura a diputación local podría ser una de las posibilidades, aunque no hay nada confirmado. Quizá por eso tampoco se le ha visto asumir un papel más activo, a la espera de que se defina su futuro.
Con Rocío González al frente del PAN, Morena necesitará una dirigencia capaz de responder a los señalamientos y confrontar las decisiones del Gobierno del Estado. Si la nueva presidenta panista llega con un perfil contestatario, la pregunta es si Brighite Granados podrá asumir el papel de oposición que le corresponde o si Morena tendrá que buscar otro perfil que pueda hacerle frente a la nueva dirigencia blanquiazul.
La salida de Daniela Álvarez de la dirigencia estatal del PAN deja una pregunta sobre la mesa: ¿pecó de ingenua al no medir las consecuencias de los acuerdos que aceptó o de soberbia al creer que podría controlar a los grupos inconformes del partido?
La visita de Juan Blanco, Roberto Lara y Félix Martínez al Comité Directivo Estatal no fue una sorpresa para Daniela. Ella misma había dicho que los esperaba con gusto y con las puertas abiertas. El problema fue lo que ocurrió durante la reunión, donde los inconformes consiguieron un acuerdo para aplazar la definición interna hasta que César Jáuregui salga de su situación jurídica, con la posibilidad de extender el plazo hasta enero.
De acuerdo con lo que se planteó en esa reunión, Daniela aceptó un compromiso que sus propios interlocutores después hicieron público. Sin embargo, los tiempos del proceso interno los determina el Comité Ejecutivo Nacional, como también lo han señalado otros panistas. Santiago de la Peña cuestionó el acuerdo y Alfredo Chávez expresó una postura en el mismo sentido, al considerar que un solo grupo no debería decidir el aplazamiento.
Entonces, ¿por qué comprometerse a algo que no dependía únicamente de ella? Si los tiempos los marca el CEN y el proceso todavía no comienza formalmente, como han señalado otros actores panistas, Daniela debió medir mejor el alcance de lo que estaba aceptando. Porque ahora tendrá que lidiar con las consecuencias de un acuerdo que podría no cumplirse en los términos que esperan los jaureguistas.
Y ahí es donde aparecen las dos posibilidades. Si pecó de ingenua, no calculó el margen de maniobra de Juan Blanco, Roberto Lara y Félix Martínez, ni las exigencias que pondrían sobre la mesa. Si pecó de soberbia, creyó que podría mantener el control de la situación y que los inconformes terminarían aceptando las decisiones de la dirigencia.
El problema es que el conflicto ya rebasó una simple diferencia sobre las fechas del proceso interno. La inconformidad alcanzó a la gobernadora Maru Campos, a quien un sector de los panistas responsabiliza por la situación de Jáuregui. La consigna de “traidora” que le gritaron durante la protesta frente al comité estatal muestra hasta dónde escaló el enojo de las bases.
Y lo más llamativo es que Daniela tenía herramientas para intentar equilibrar la reunión. El Gobierno del Estado cuenta con una estructura política y administrativa que, en un escenario de ese tipo, pudo haber movilizado a sus simpatizantes para mostrar respaldo a la dirigencia y reducir el peso numérico de los inconformes.
Basta imaginar qué habría ocurrido si, en lugar de dejar que los jaureguistas marcaran el tono de la reunión, hubieran llegado cientos de simpatizantes de Maru Campos a respaldarla y a defender su postura. ¿Habrían cambiado las condiciones del encuentro? ¿Los inconformes habrían tenido el mismo margen para presionar a la dirigencia? Es un escenario hipotético, pero sirve para dimensionar la falta de operación política que exhibió el episodio.
Daniela recibió a los inconformes sin que se viera una respuesta equivalente de los grupos que respaldan a Palacio.
Ahora, con la posibilidad de que Santiago Taboada regrese la próxima semana y con las diferencias internas todavía abiertas, el acuerdo amenaza con convertirse en otro frente de conflicto. Si el CEN no respalda el aplazamiento, los jaureguistas podrían sentirse nuevamente engañados y la dirigencia tendrá que explicar por qué aceptó un compromiso que no estaba en sus manos garantizar.
Al final, a Daniela le faltó operación política, tacto y malicia para anticipar las consecuencias de aquella reunión. La pregunta es si no midió la fuerza de sus adversarios o si creyó que podía controlarlos. En cualquiera de los dos escenarios, el resultado fue el mismo: la inconformidad creció y la dirigencia quedó expuesta ante su propia militancia.
Maru Campos no midió las consecuencias de contar públicamente los detalles de su encuentro privado con Claudia Sheinbaum. En lugar de limitarse a explicar que hubo diferencias entre ambas por el tema de seguridad y la presencia de agentes estadounidenses en Chihuahua, decidió revelar que las dos estaban enojadas, que se hicieron reclamos y que incluso elevaron la voz.
¿Para qué exhibir una conversación de esa naturaleza? La gobernadora puede tener sus razones para explicar cómo se dio el encuentro, pero hacer público el enojo de la presidenta y describir una discusión que ocurrió a puerta cerrada no parece una decisión muy inteligente, sobre todo cuando necesita mantener comunicación con el Gobierno Federal para atender asuntos de seguridad que no se resuelven con declaraciones.
Maru parece no dimensionar que una cosa es defender su postura frente a la Federación y otra contar los detalles de una conversación privada con la titular del Ejecutivo federal. Al hacerlo, no solo expone el desencuentro, también deja a Sheinbaum en una posición incómoda al ventilar públicamente cómo se comportó durante una reunión que, por su propia naturaleza, requería discreción.
La pregunta es qué gana la gobernadora con esta revelación. ¿Busca justificar su actuación ante los señalamientos por la presencia de agentes estadounidenses o dejar claro que también se enfrentó a la presidenta? Cualquiera que sea la intención, el resultado puede ser contraproducente. Si Maru considera que la comunicación entre ambas debió ser más directa, hacer público el tono de la discusión difícilmente ayuda a reconstruir esa confianza.
